Había alargado la mano en la oscuridad
con afán de retener brevemente
una pequeña llama de esperanza,
pero sólo para verla vacilar y morir,
como una vela al viento.
No habría una segunda ocasión de encenderla,
ya que el viento soplaba cada vez con más fuerza
y la última cerilla
se había gastado hacía mucho tiempo.